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12 de septiembre de 2026

Los cuentos que sobrevivieron al encierro en Devoto

Ex presas de Devoto presentaron el libro Cuentos con alas en Casa por la Identidad del Espacio Memoria y Derechos Humanos, un trabajo que reúne cuentos y dibujos que las detenidas hacían a sus hijos e hijas para mantener el contacto.

Se presentó en la Casa por la Identidad (Ex-esma) Cuentos con alas, un libro que recopila relatos y dibujos hechos por presas políticas para sus hijos e hijas durante la última dictadura cívico-militar. La complicidad colectiva, la maternidad a través del vidrio y la ternura como trinchera frente al dispositivo de deshumanización carcelaria.

“Yo tengo una mamá que está en la televisión”, decía Nicolás hijo de Susana Gómez autora de Cuentos con alas. No era una metáfora infantil: era la visión inocente de varios de los hijos al ver a sus madres a través de vidrios blindados de locutorios que las autoridades del penal de Villa Devoto habían montado para que no hubiera contacto físico entre las presas políticas y sus familias.

Este jueves por la tarde, la capacidad de narrar e imaginar mundos de fantasía como forma de resistencia se transformó en memoria colectiva durante la presentación de Cuentos con alas en la Casa por la Identidad, en el Espacio Memoria y Derechos Humanos (ex ESMA). El panel estuvo integrado por la propia Susana Gómez — autora, ex presa política y actual responsable del área de Educación de la filial Córdoba de Abuelas de Plaza de Mayo—, la ex detenida política Mirta Sgro y estuvo moderada por Belén Altamiranda Taranto, nieta restituida número 88 y referente de esa misma filial tras el fallecimiento de Sonia Torres en 2023.

El encuentro, planteado desde una calidez íntima, partió de una pregunta transversal sugerida por Altamiranda Taranto: ¿Qué significaba ser mujer y madre en ese contexto? Bajo la clasificación eufemística de “detenidos especiales”, las cárceles de la dictadura funcionaron como piezas claves de la maquinaria represiva cuyo objetivo era el aislamiento sistemático de los militantes políticos, regulado y avalado por el Decreto 2023/74. “En este escenario de encierro, de despojo, la escritura se volvió un refugio para estas compañeras. Estos cuentos y relatos, fueron un mundo que inventaron ellas para poder resistir, donde la imaginación se alza contra la censura. Demuestran cómo, en el límite extremo del dolor, surge la potencia de transformarlo en amor”, señaló la nieta restituida.

Susana Gómez fue detenida en Buenos Aires el 29 de enero de 1976, poco antes del golpe de Estado, cuando tenía apenas 19 años. Su hijo Nicolás tenía un año y cuatro meses; su compañero fue secuestrado en noviembre de ese mismo año. En Devoto, una cárcel concebida originalmente para varones — cuyos baños eran letrinas y las duchas eran solo un caño con agua fría incluso en pleno invierno — fueron llevadas cerca de dos mil mujeres de diversos orígenes políticos, procedencias y edades: desde jóvenes estudiantes hasta mujeres que llegaban de Chaco, Formosa, Tucumán y otras provincias, quienes no sabían leer ni escribir.

La perversidad del régimen, la “cárcel vidriera” y la transgresión permanente

Frente a la disciplina del miedo y a la deshumanización impuesta por jefes penitenciarios como fue durante esos años Horacio Martín Galíndez — quien les decía que de ahí iban a salir “locas o muertas” encargándose de ofrecerles canastas con psicofármacos de libre acceso y quitándoles relojes, libros, diarios y material para dibujar — ellas idearon planes para resistir. “Una compañera que venía de una experiencia carcelaria en el Uruguay bastante difícil, nos dijo: ‘Hay que violar el reglamento en todos los puntos’. Yo creo que ese fue el eje de la resistencia: hacer todo lo que queríamos violando las normas hasta el límite que cada una ponía o que bancaba”, relató Mirta Sgro entre risas cómplices del público. Sgro junto con Gómez bautizaron a Devoto como una “cárcel vidriera”, una verdadera fachada donde, si bien no primaba la violencia física, si operaba una metodología sutil de sanciones constantes, despersonalización y condiciones de hacinamiento con cuatro detenidas por celda.

Esa insubordinación se manifestó desde decisiones corporales más pequeñas como, por ejemplo, negarse a caminar mirando al piso con la manos atrás, hasta la invención artística y estética, como era utilizar betún para las pestañas y remolacha como rubor antes de que llegaran las visitas. “Parecen cosas muy triviales pero mantienen la dignidad y un estado que restituía permanentemente ese ‘yo’ que estaba tan cascoteado.”, aclaró Sgro.

En los pabellones, el pan se reservaba religiosamente para armar tortas de cumpleaños con leche en polvo batida con agua y teñida de rosa con la misma remolacha.

La artesanía colectiva y el “señor de la censura”

En ese contexto que buscaba quebrar la subjetividad basada en el disciplinamiento, el cinismo y la frialdad, los cuentos no fueron solo un mensaje hacia el afuera, sino un artefacto de supervivencia hacia adentro. La celda se transformó en un taller de artesanas, donde la construcción era comunitaria. Las que sabían dibujar, ilustraban para las que no podían hacerlo. Las compañeras que sabían leer y escribir hacían los cuentos. Los collages se armaban recortando los papeles de los atados de cigarrillos. De noche, para llenar el vacío y el silencio, se contaban historias de amor o se narraban películas completas de memoria: “Yo contaba El acorazado Potemkin, que la había visto ocho veces”, recordó Sgro.

Uno de los momentos más conmovedores de la jornada ocurrió cuando Gómez leyó la carta que le envió a Nicolás en septiembre de 1976 para su segundo cumpleaños, prometiéndole que algún día volverían a estar juntos con una sonrisa disfrutando de la libertad. “Nicolás ya cumplió 52 años, ya está grande mi chico”, agregó. Nicolás es hoy psicólogo y trabajó durante años en el equipo de prensa de Abuelas.

Al finalizar el panel, Susana Gómez detalló en diálogo con ANCCOM el camino que recorrieron esas hojas clandestinas hasta convertirse en libro: “Nosotras nos reencontramos con Delia Galará afuera de la cárcel, trabajando en el espacio para la memoria Campo de la Rivera, en Córdoba. Primero, un proyecto de la Universidad de editoriales cartoneras nos propuso publicar La tortuga Lucía y El grillo Tomás con tapas de cartón intervenidas por chicos y grandes. Con el tiempo, le conté al equipo de Educación de la Dirección de Derechos Humanos de la Municipalidad de Córdoba que tenía todas esas cartas guardadas. Les propuse hacer una publicación dedicada a las Abuelas, le pedí material a Delia, juntamos todo y así nació el libro”.

Mientras mostraba un álbum con los dibujos originales, Gómez remarcó con humor e inocencia la paradoja de comunicarse desde la celda: “En un momento ya no teníamos nada y había que inventar cosas para explicarles por qué estábamos lejos. Yo hasta le escribí una nota al ‘señor de la censura’ para pedirle que por favor pusiera el sello a un costado y no me arruinara el dibujo”.

En sus reflexiones con ANCCOM, la autora vinculó esa experienca con la literatura testimonial sobre mujeres en situaciones límite, citando El infierno de Ravensbrück y La guerra no tiene rostro de mujer de Svetlana Aleksiévich: “Las mujeres en los campos armaban estructuras familiares de cuidado: ponían adelante a las más fuertes para el trabajo y atrás a las más débiles para protegerlas. Las mujeres siempre tendemos a lo colectivo, a crear lazos y hablar con otras sin conocernos. Como dice Aleksiévich, los varones relatan la guerra en términos de éxitos y fracasos, de ganar o perder; las mujeres cuentan los climas, las vivencias, la mirada cotidiana”.

La búsqueda que no cesa

El cierre del encuentro estuvo marcado por la lectura de Mi abuela, un relato ilustrado de Mauricio Micheloud dedicado a la lucha de Abuelas de Plaza de Mayo, que abre con una frase célebre de Sonia Torres: “Tengo tatuado en el corazón la esperanza”.

“Ella nunca me pudo contar cuentos de hadas, espantos o fábulas. Tampoco pudo prepararme meriendas con galletitas, tostadas con dulce de leche y chocolatada (...) Con mi abuela no pude hacer nada de eso porque siempre me estuvo buscando... hasta poder encontrarme”, leyó Gómez y resonó en toda la sala como síntesis del encuentro.

Editado por la Dirección de Derechos Humanos de la Municipalidad de Córdoba para que circule en ámbitos pedagógicos y bibliotecas populares, el libro rescata una memoria viva, un archivo sensible que sobrevivió guardado durante años por madres y abuelas. Aquellas hojas que hoy conservan sellos de censura y que debieron sortear tachaduras demuestran que, aún en las condiciones más asfixiantes del terrorismo de Estado, el lazo afectivo, la promesa de un mañana, era un terreno que ninguna requisa les podía confiscar y la semilla para que la memoria sobreviviera.

 

 

Fuente: ANCCOM
Autor/a: Lourdes Maio