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Noticias · 03 de julio de 2019

“Tengan el coraje de decir dónde están nuestros familiares”

  • Fuente: Abuelas
  • Autor: Abuelas

Continúa el debate oral por los delitos de lesa humanidad perpetrados contra un centenar de víctimas en el marco de la Contraofensiva Montonera, donde Abuelas es querellante.

Los imputados por secuestros, torturas y asesinatos son nueve ex integrantes del Servicio de Inteligencia del Ejército. Los juzga el el TOCF N° 4 de San Martín que sigue escuchando testimonios, entre ellos el del hijo de desaparecidos y cineasta Benjamín Ávila, quien se presentó con un cartel colgado al cuello con la foto y nombre de su madre, Sara Ernesta Zermoglio, secuestrada en 1979 junto a él y su hermano Diego, localizado en 1984 por Abuelas. “Tengan el coraje de decir dónde están nuestros familiares y qué pasó con ellos”, reclamó Ávila a los represores.

Conocido por ser el director de la película Infancia Clandestina, contó su dolorosa historia de pérdidas y desmembramiento familiar. Las desapariciones de su mamá, Sara Zermoglio, y de su pareja, Horacio Mendizábal, y la separación con sus hermanos, Martín y Diego, con quienes aún hoy reconstruye una relación que fue interrumpida por el terrorismo de Estado.

"El lema de los organismos de derechos humanos es Memoria, Verdad y Justicia. La memoria es colectiva, la hacemos entre todos. De la justicia es responsable el Poder Judicial. Pero la verdad es la que siempre falta. Y quienes la saben, tienen el lugar para decirlo y no lo hacen. Nosotros, los hijos, los familiares, las Madres, las Abuelas, si hicimos algo fue respetar a la justicia y no tomar revancha personal. Lo que necesitamos es que hablen y que digan qué pasó con nuestros seres queridos", expresó Ávila.

El pasaje más dramático de su relato fue cuando rememoró el operativo de secuestro. “Estábamos en el cuarto y entraron de civil. Mi primera reacción fue abrir la ventana y ver si podía saltar... Y no se podía… Estábamos en el quinto piso, era alto. La ventana daba al aire luz del edificio. Nos subieron a un auto. Era de noche. Cuando llegamos al otro lugar estaba aclarando. Me dijeron ‘mirá para abajo’. Yo hice caso pero alcancé a ver mucha luz. Ahí nos bajaron en una especie de casa y nos metieron en una habitación. Yo estuve cuatro días ahí. En un momento vino un hombre a buscarme y me llevó a otra habitación. El tipo se sienta adelante mío y me pregunta en qué países habíamos estado. Yo sabía que no tenía que decir que habíamos estado en Cuba, entonces repito varias veces lo de México y Brasil. Y el tipo insistía hasta que me dijo: ‘Bueno, pendejo de mierda, sabemos que estuviste en Cuba también. Agarrá tus cosas de ahí’. Giro y había una montaña de ropa acumulada que llegaba casi hasta el techo y, cuando me acerco, encuentro mi valijita del colegio, con la que llego a la casa de mi abuela después”.

“Ahí me llevaron, me subieron a otro Falcon, con dos tipos, yo iba atrás. Viajamos un rato largo y llegamos a un lugar y me dicen: ‘Esta es la casa de tu abuela’. Y cuando la miro y digo que sí. Y me dicen ‘bueno, bajate’. ‘¿Y mi hermano?’, pregunto, y me reputea. Me bajo y se van. Yo voy, toco el timbre. Después, por los relatos de mis tíos, era como la una de la mañana. Estaban muy sorprendidos de verme cuando abrieron la puerta, yo no entendía por qué estaban tan sorprendidos. Y ahí estuve un tiempo largo hasta que decidieron llamar a mi papá, que no sabía nada de mí hacía como tres años, para decirle que yo estaba en la casa de ellos. Evidentemente dejaron pasar un tiempo para ver si aparecía mi mamá. Y ahí me fui a vivir con mi papá a Tucumán”.

(Foto: Julieta Colomer / ANCCOM)

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