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Noticias · 14 de diciembre de 2021

"Sería extraordinario conocer al hijo o hija de Silvia y Gastón"

  • Fuente: Abuelas
  • Autor: Abuelas

Fabián Muñoz tenía 11 años cuando secuestraron a su hermana embarazada. Toda su familia padeció el terrorismo de Estado. Hoy, como parte de Abuelas, sigue buscando a su sobrino o sobrina.

Fabián Muñoz, sobreviviente del genocidio, miembro de la filial de Abuelas de Mar del Plata e hijo de una de sus referentes históricas, Carmen Ledda Barreiro, declaró ante el TOF N° 1 de La Plata en el juicio por los delitos de lesa humanidad cometidos en Pozo de Banfield, Pozo de Quilmes y Brigada de Lanús. El relato de Fabián discurrió desde sus recuerdos de más chico, cuando tenía 6 años, pasando por su adolescencia en plena dictadura, hasta hoy que es padre y sigue luchando por encontrar a su sobrino o sobrina, al hijo o hija de su hermana Silvia.

“Toda nuestra familia fue víctima del terrorismo de Estado. Allá por 1972, la nuestra era una casa militante, comprometida. Mi viejo estaba muy politizado, peronista desde siempre. Mi hermana Silvia arrancó su militancia en la dictadura de Lanusse, en sus últimos años de secundaria. Como era una ‘casa compañera’, también arrancaron las juntadas allí, no había muchas que facilitaran los espacios para que la militancia se reuniera. El 73 fue como un año de fiesta, algarabía y movilización, pero ya en el 74 comienza a haber presencia en la Casa del Puente, en el bosque, en la esquina de mi casa en Mar del Plata, entonces me mandaban a ver si había alguien vigilando. En mi casa se juntaba gente de la UES y de la JUP, y en el 74 la vigilancia se hizo cada vez más intensa en ese lugar. En casa había teléfono y se lo escuchaba intervenido, se empezaron a espaciar las reuniones, y después la vigilancia se hizo permanente, también de noche”.

“Tras el asesinato de Ernesto Piantoni, jefe de la Concentración Nacional Universitaria de Mar del Plata (CNU, una organización de ultraderecha), mis hermanos (Beto y Silvia) no vuelven a mi casa y se precipita todo. Se respiraba miedo. Una noche entró una patota, rompieron todo, golpearon las ventanas a los gritos, volaron vidrios y reventaron la puerta de entrada. Afuera, un Falcon civil pero con una bochita de policía en el techo. Muchos de la patota tenían saco y corbata, lo buscaban a mi hermano, lo querían matar, a mi viejo lo encañonaron con una escopeta recortada, me golpeaban a mí para que ellos hablen, estuvieron unas horas así, encontraron un diario de mi hermana donde yo mismo había escrito ‘Montoneros’ en algún lugar, y empezaron a decir ‘hija de puta, esta también es montonera’, por mi hermana, y la incluyeron como blanco. A partir de este allanamiento todo cambió. Fue entre abril y mayo del 75. Aí se desata la violencia y empezamos a escondernos”.

“Mi hermana Silvia por ese tiempo formó pareja con Gastón Larrieu, y a ella la organización la envió a La Plata. A mi hermano Beto, un alto cargo de la UES, y a su compañera Ivonne, los mandaron a Mendoza, después de que lo corrieron a balazos a balazos en una esquina de Mar del Plata, tras una reunión en un bar. La CNU tenía la calle liberada. A mi vieja, que había sido parte brevemente del Partido Peronista Auténtico, el partido político de Montoneros, le recomendaron que abandonemos la ciudad porque estaba marcada la familia. Entonces mi viejo, que trabajaba en el Casino, a través de un compañero que camuflaba los traslados, consiguió que lo manden a Bariloche, al sur, pero este compañero le puso como destino Córdoba, para confundir administrativamente su traslado, esto aún en el gobierno de Isabel. Nos fuimos a vivir esos meses a Bariloche, nos escondimos ahí y ahí también hubo contactos y reuniones de control (con otros militantes), a las que yo iba de la mano de mi vieja, en una plaza por ejemplo”.

“Mi hermana Silvia con Gastón vinieron a visitarnos a Bariloche. Pasaron una semana, paseamos, disfrutamos, nadie sabía que iba a ser el último disfrute en años. Ellos se volvieron a La Plata, nosotros no sabíamos en qué domicilios estaban mi hermana y mi hermano. Mes y medio después, a mi padre le avisan que va a recibir una visita urgente, golpean la puerta y es mi hermana Silvia, muy alterada, y dice que Beto había caído en Mendoza, Beto con Ivonne embarazada, a punto de tener. Y ahí comienza un periplo muy fuerte. Estábamos a 1300 kilómetros de Mendoza. Mi viejo se subió al coche y manejamos los tres, él, mi vieja y yo, 800 kilómetros de tierra. Cuando llegamos no teníamos información. Mi vieja se reúne con una compañera, responsable de mi hermano, y lo primero que hace, a fines del 75, es ir a los cuarteles, instituciones, a preguntar por mi hermano e Ivonne, a las iglesias también, nos cerraban las puertas y desconocían la existencia de los dos. Hasta que en una reunión con la Chona, la responsable de Beto, mi vieja charlaba con ella y mi viejo estaba en el vehículo, yo jugaba en la plaza, me acerco al kiosco de diarios y veo en la portada del diario El Zonda un título: ‘Detienen a once subversivos’, y ahí en la foto de tapa estaban mi hermano e Ivonne. Empiezo a los gritos, mi vieja compra el diario, salimos rajando y nos vamos a buscarlo con la noticia. En la Cárcel Modelo de Mendoza pasamos el primer perímetro con mi vieja, mi viejo esperando afuera por si acaso, a mi vieja le seguían negando la existencia de mi hermano y mi cuñada, aún con la foto del diario, pero al final lo trajeron”.

“Estaba muy torturado, muy roto, lo trajeron a una pequeña oficina, y a partir de ese momento lo pusieron a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. También a Ivonne y a la bebé, a mi sobrina Antonia. Mi viejo, después de esta situación, pide el traslado en el casino a la ciudad de Paraná. Estaba claro que no se podía volver a Mar del Plata, mi madre viaja para vender la casa, pero en el momento en que va a retirar una serie de cosas, cae un operativo atrás de ella, a pleno día, la apretan por Beto y ella les dice ya está en la cárcel, y le preguntan por Silvia y les dice que no tiene ni idea dónde está. Al final mi vieja vende esa casa, compra un departamento y se va a los tres, cuatro días, y después nos enteramos, por un artículo en Clarín, como la casa fue destruida por el Ejército. Resulta que los nuevos dueños habían salido, dejaron las luces prendidas, y el Ejército, que no sabía que eran dueños nuevos, destruyeron la casa. Esto fue al poco tiempo de sucedido el golpe de Estado”.

“Ya por entonces teníamos muy pocas noticias de mi hermana y Gastón. En Paraná, donde alquilaban mis viejos, se refugiaron compañeros, era una ‘casa segura’. A fines del 76, tras una serie de reuniones, se arregló un viaje a La Plata para ver a Silvia y a Gastón. Silvia le anticipó a mis viejos que tenían una sorpresa para darnos. Nos encontramos el 22 de diciembre en La Plata, en un lugar muy chiquito, fue una reunión muy breve, de media hora, cuarenta minutos, ‘Mañana les voy a decir’, dijo Silvia, ‘Yo los saco del país’, decía mi viejo, Gastón le dijo que no, y Silvia dijo “no voy a dejar a mi compañero”. Era todo tan precario, la ciudad estaba tan militarizada, fue una despedida, ella nos saludó a cada uno de manera distinta. A mí me dijo “Chispita (me decían así porque era muy inquieto), sé feliz”. Al otro día quedamos en reunirnos con un control y el control no estaba, y Silvia no vino, fue tremendo, mis viejos dieron la vuelta y empezaron a llorar, todavía no se había llorado nunca, pasamos de nuevo pero Silvia no apareció. Luego nos encontramos con control, el contacto, el Negro Raúl, que nos dijo que Silvia había caído y que nos podíamos ver con Gastón en la Ciudad de los Niños. Dejamos al Negro Raúl en una esquina y cuando giramos se escucharon estruendos de disparos. Mi viejo dio la vuelta y lo vimos tirado en suelo, rodeado de tipos con armas. A la tarde fuimos a ver a Gastón y él nos dijo que la sorpresa era que Silvia estaba embarazada, que llevaba más de dos meses de atraso, esa era la noticia. Mi viejo le insistió para sacarlo de La Plata, pero Gastón dijo que no iba a abandonar a los compañeros. Fue la última vez que lo vimos, no se supo más nada de Gastón”.

“A mi hermano Beto lo seguimos visitando casi mensualmente. Lo iban trasladando por distintas cárceles, y pese a la represión feroz los detenidos seguían conectados. Nosotros entrábamos ‘caramelos’ a la prisión, escritos muy chiquitos que nos metíamos en los bolsillos. Afuera, la información sobre Silvia era nula. A través de Beto, supimos que los controles posteriores a Silvia no habían caído, no había delatado ninguno. Por esos días, a mi viejo le camuflaron otro traslado y nos fuimos a Alta Gracia, Córdoba, y ahí mi vieja volvió a tener contacto con alguien de la organización. Por entonces, no se hablaba de campos de concentración y recién se empezaba a elaborar el término ‘desaparecido’. En el año 78, a mi hermano lo trasladaron al Pabellón 1 de la cárcel de La Plata, ‘el pabellón de la muerte’, con Dardo Cabo y otros detenidos. Yo tenía 13 años y les pedí a mis viejos volver a Mar del Plata. Los viejos encararon la vuelta, en enero del 78, y llegamos a ese departamento que había comprado mi vieja, y a la semana a mi viejo ya le hacen una ronda de reconocimiento en el Casino, quedó asustado, pero no notamos vigilancia en el departamento, en Independencia y Vieytes. Pero a la semana de este hecho, secuestran a mi viejo en la puerta del Casino, cuando salía. Yo me levanto esa mañana, eran las 9 y pico, y veo había cosas fuera de lugar. Cuando me asomé a la habitación de mis viejos estaba la cama deshecha y tuve la certeza de que algo grave había pasado. Bajé los cuatro pisos por escalera, me asomé por la ventana y en la esquina había un tipo vigilando. Fui y le golpeé al portero, el hombre estaba pálido, le pregunté qué había pasado. ‘Tu mamá, a eso de las 5 de la mañana, iba con tres o cuatro tipos jóvenes’, me contó. Entonces subí de nuevo, fui al baño, agarré un rollito de dinero que guardábamos ahí y me escapé del edificio por atrás, por la cochera”.

“A los tres días tomé contacto con un tío, lo llamé y le dije que mis viejos no estaban, que mi viejo no había aparecido y que a mi vieja se la habían llevado unos tipos, y que yo estaba yirando hacía tres días. Mis tíos entonces empezaron a moverse por mis padres. Estuvieron secuestrados alrededor de 90 días en lo que se llamó La Cueva, en la Base Aérea acá en Mar del Plata. Para mí estaban muertos. Fue un shock volver a verlos, eran dos esqueletos, estaban muy mal”.

“Después de recuperar la libertad, recibieron una primera carta por correo en las que les hablaban de Silvia, que estaba embarazada, a fines del 78 o principios del 79. A mis tíos también los vigilaban de manera descarada, con un coche en la puerta de la casa, y todo esto perduró después de que los liberaron a mis viejos. Mis viejos tenían una fuerte esperanza de que Silvia estuviera viva, rompen aquella carta, la queman, y mi vieja empieza a moverse, a conectarse, a ir a la plaza en Mar del Plata, a juntarse con familiares de desaparecidos, las primeras reuniones se hacían en la Iglesia Santa Ana, ahí comienza este grupo, clandestinamente. Mi vieja buscando a Silvia y a Gastón con el dato del embarazo de Silvia, y al tiempo la primera que se puso en contacto –fue muy movilizante- fue Adriana Calvo de Laborde. Se acercó, habló con mis viejos y les habló de Silvia viva y embarazada. La reacción de mis viejos fue ir a comprarle ropa a Silvia. Mientras, las reuniones de familiares fueron cada vez más grandes, en el 81 les dan la libertad vigilada a Beto e Ivonne, que se reencuentran con su hija. Mi padre, en tanto, quedó muy mal del secuestro, nunca se recuperó. Ya por ese tiempo había una movilización continua, reuniones, yo la acompañaba a mi vieja, era 1982, y sucedió la Guerra de Malvinas que fue una bisagra. Al salir todos a la calle, la presión era mucho mayor. La búsqueda se intensificó mucho. Ya se hablaba de los ‘desaparecidos con vida’, nosotros creíamos que había chances de que Silvia y Gastón estuvieran vivos. Mi vieja, Ledda Barreiro, junto con la iniciadora de todo, pilar fundacional de Abuelas de Mar del Plata, Negrita Segarra, antes junto con otras Madres, con el viejo Frigerio, armaron acá lo que se llamó ‘Madres, Abuelas, Familiares y Amigos de Desaparecidos’. Los tres hijos de Negrita habían sido secuestrados, sus dos hijas embarazadas. No me voy a olvidar de cuando vino Raúl Alfonsín a la ciudad, en los primeros meses del 83: ‘Les digo a las madres que hay desaparecidos con vida’, dijo, pero cuando asumió el gobierno, meses más tarde, tuvimos que asimilar que Silvia no iba a aparecer más. Y estas mujeres, Negrita, mi vieja y todas su compañeras, ya más lanzadas, mi vieja aún con muchos problemas físicos por las torturas que había recibido, nunca dejaron de estar permanentemente presentes en los viajes, reclamos, movilizaciones en la calle. Mi viejo murió lentamente, se empezó a desmoronar físicamente y se fue en el 89, y la búsqueda de Silvia y de Gastón y de mi sobrino o sobrina, se trasformó en el eje de la vida de todos nosotros”.

“Hace unos cuatro años, nos reunimos en Mar del Plata con la sobreviviente Alicia Mini, una persona fuerte, encantadora, comprometida, y vino mi cuñado y mi cuñada Ivonne. Alicia estuvo brevemente con Silvia, la vio con una panza de seis meses, nos contó que se mantenía muy fuerte. Es la última información concreta que tenemos sobre Silvia. No nos da la certeza pero sí una esperanza. Sería extraordinario conocer en algún momento al hijo de Silvia y Gastón. En el caso de mi vieja, que tiene 83 años y va a ser operada dentro de poco para recuperar movilidad, sigue siendo el motor de su vida, vive porque tiene esa esperanza”.

“En las dos reuniones que tuvo mi vieja con Adriana Calvo, ella mencionó el Pozo de Banfield. En una estuve sentado con ellas. El nombre de guerra de mi hermana era Carmen, por mi vieja. Tenía 20 ó 21 años cuando desapareció. Gastón tendría 24. Yo tenía 11 al momento de secuestro de mi hermana”.

Sobre el cierre de su declaración, el abogado de Abuelas Emanuel Lovelli consultó a Fabián Muñoz sobre el hecho de que muchos de los imputados y condenados en otras causas están viviendo en el Bosque Peralta Ramos, en Mar del Plata. “Esta es una ciudad que sufrió mucha gente desaparecida –afirmó Fabián–, la primera asesinada en el año 71 por la CNU fue Silvia Fila. Es una ciudad muy golpeada, muy movilizada, entonces la presencia de los genocidas con prisión domiciliaria fue muy fuerte e hizo eclosión cuando se le otorgó a Etchecolatz hace unos años. Vecinos y vecinas se empezaron a juntar indignados, fue impresionante verlos diciendo basta, ‘no queremos esos asesinos acá’, y Etchecolatz se tuvo que ir otra vez a la cárcel. Hay muchos genocidas que están en su casa por situaciones insólitas, como un esguince de tobillo, termina siendo un 2x1 encubierto. Otro con domiciliaria era el Nazi Wolk, responsable del Pozo de Banfield, y así había unos 15 en en total en la ciudad, y esta realidad se mantiene hasta hoy. ‘Vecinxs sin genocidas’ está en movilización permanente, es una organización que no responde a ningún perfil político. Hoy la plaza que está en la esquina de donde vivía Etchecolatz se llama Plaza de los Lápices y es todo un símbolo de resistencia a esta realidad que es una vergüenza”.

“¿Cuál sería para usted una reparación integral?”, preguntó el juez Rodríguez Eggers al testigo. “Que los genocidas hablen –respondió Fabián–, que más allá de los errores que cometieron no se vayan en silencio, que cuenten, que den información. Que el Estado le dé celeridad a estos procesos. Yo empecé de pibe y ahora estoy a poco de los 60 años. La reparación integral sería con celeridad, que el Estado profundice las búsquedas de quienes no están. Negrita se murió perdiendo la memoria sin saber nada de sus tres hijos desaparecidos. Los primeros que queremos cerrar esta etapa somos nosotros, y el Estado es esencial en esto, la Justicia es central, ustedes lo son. Hoy escucho los discursos negacionistas y un viejo temor me hace picar el estómago. Los genocidas deben tener el debido proceso, no les deseo nada con odio, lo único que quiero es un país con justicia, para cuidar a los pibes que hoy salen a reclamar sus derechos también. Le pido al Estado q no abandone el compromiso con el proceso de memoria, verdad y justicia”.

Silvia y Gastón pensaban llamar Ramiro o Mariana al bebé que esperaban. Por testimonios de sobrevivientes, pudo saberse que Silvia permaneció detenida en la Brigada de Investigaciones de La Plata, en el CCD "Pozo de Arana", en la Comisaría 5ta, el Pozo de Banfield y posiblemente La Cacha. Su madre, Ledda Barreiro, es la principal referente de la Filial de Abuelas en Mar del Plata. Silvia, Gastón y el/la niño/a que debió nacer en julio o agosto de 1977 permanecen desaparecidos.

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