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Noticias · 29 de agosto de 2021

¿Por qué trabajar el derecho a la identidad en las aulas?

  • Fuente: Abuelas
  • Autor: Abuelas

A partir del trabajo conjunto en territorio con les docentes en los últimos 15 años, compartimos algunas reflexiones y lecturas que nos han ido surgiendo.

A partir del trabajo junto a docentes de todos los niveles, a lo largo y ancho del país, que en los últimos 15 años nos han aportado sus experiencias, dificultades, dudas e ideas, se fueron abriendo diversas líneas de trabajo que nos permiten reflexionar sobre las prácticas y los abordajes, que nos llevan a identificar las representaciones sociales que continúan vigentes en torno a la temática de la identidad, entre otras.

Una de las preguntas que proponemos desandar es: ¿por qué trabajar el derecho a la identidad en espacios educativos? La primera respuesta que se nos viene a la mente es: ¿y por qué no? Sabemos que no es fácil ingresar con estos temas a la escuela. Existieron y siguen existiendo resistencias que se expresan de distintas maneras cuando escuchamos afirmaciones como “los chicos van al jardín para jugar”, “no son temas para tratar en la escuela”, “si van a hablar de eso, me avisan porque ese día no mando a mi hijo”. O surgen preguntas como “¿no son muy chicos para entender esto?” o “¿tratar estos temas no es hacer política en la escuela?”. Estos interrogantes responden más a los prejuicios de los adultos que a los intereses de los niños y niñas.

Durante los más de 40 años que pasaron desde que las Abuelas comenzaron a reunirse, la sociedad fue construyendo distintos sentidos alrededor de las nociones de nieto/a, abuela, identidad. Hoy, cuando oímos en cualquier medio la noticia de que “las Abuelas encontraron otro nieto”, todos y todas en la Argentina sabemos de qué se está hablando. Incluso es manifestado en las salas de los jardines de infantes y en las aulas de primaria, cuando en una ronda algún niño o niña comenta que escuchó esa o alguna otra noticia que les preocupa, o entre ellos comparten informaciones que circulan en las casas, en los medios. Esas construcciones de sentido ingresan a la escuela, y el interrogante es qué hacen los y las maestras con esa información.

Nos preguntamos, entonces, si la función de la escuela es proteger a los niños de la realidad o darles herramientas para que aprendan a vivir dentro de ella. Los niños y niñas son parte de la realidad y la escuela tiene la responsabilidad de construcción de ciudadanía, lo que implica la construcción de espacios de reflexión, diálogo e intercambio responsable, y esto también alcanza a la problemática de la identidad, la memoria y la historia reciente.

Pero, ¿no son muy chicos/as para tratar con ellos/as estos temas? Ciertas temáticas que la escuela deja “vacantes” llegan a los niños y niñas de todos modos, desde la industria cultural, desde los medios, desde las plataformas y redes sociales. A modo de ejemplo, hay películas y programas de televisión que sí abordan algunas de estas temáticas: ficciones que giran en torno a la sustracción de identidad, la mentira o el ocultamiento, la identidad es un tema universal que se trata desde las tragedias griegas.

Por otro lado, los niños tienen acceso a esa información que traen a la escuela a través de los medios de comunicación que las familias consumen cotidianamente. A su vez, conocen y entienden valores como la justicia, la verdad, la libertad. El derecho a la identidad está profundamente ligado al derecho a la verdad, a la inclusión y a la libertad. Entonces, nos preguntamos por qué nos resulta tan obvio que un niño de entre 3 y 10 años puede comprender el valor de patria y de libertad, cuando se celebra el primer Cabildo abierto cada 25 de mayo, o cuando el 9 de julio se trabajan ideas vinculadas con la revolución y la independencia, pero, paradójicamente, no resulta tan obvio –y en algunos casos pensamos en lo conflictivo que puede ser– trabajar sobre la identidad como derecho, es decir, en tanto derecho a conocer la verdad sobre nuestros orígenes.

Además de los bisnietos y bisnietas de las Abuelas, que también tienen su identidad sustituida, muchos niños y niñas viven hoy en familias ensambladas, o con familiares que los crían, y ellos y ellas tienen derecho a saber quién es quién en su familia. Y, en el caso de ser adoptados/as, a que sea en el marco de la ley que garantiza sus derechos, siempre desde la verdad.

Desconocer las características propias de la enseñanza a niños pequeños conlleva distintos riesgos. Por un lado, suprimir de la currícula la construcción de ideas en torno al pasado, la memoria y los derechos por considerarlas complejas es no tener en cuenta que a lo largo de las trayectorias escolares habrá muchas oportunidades de volver sobre ellas, en todos los niveles educativos; de profundizarlas, problematizarlas y avanzar en su aprendizaje.

Por otra parte, simplificar demasiado el contenido que se pretende enseñar puede obstaculizar su comprensión. Confiar en que los aspectos declamativos de un contenido bastarán para su apropiación contradice la idea del aprendizaje como construcción. En esta concepción se asientan muchas prácticas tradicionales de la escuela, que abusan del verbalismo creyendo que hablar o mencionar un tema es sinónimo de enseñar.

Y al interrogante de si tratar estos temas no es hacer política en la escuela, decimos que la tarea de educar es un hecho político, porque siempre implica tomar una decisión al abordar o no una temática. Elegir tratar o no determinados temas, enseñar o no ciertos contenidos, constituye una decisión política. Es decir, “no hablar” de ciertos temas también es hacer política. De esta manera, cobra importancia el modo de abordaje cuando se trata de niños/as pequeños/as, teniendo en cuenta las acciones u omisiones en relación con lo que se dice y lo que no, si se trabaja en equipo, de qué manera se incluye a las familias y a la comunidad en la tarea.

Somos les adultes quienes construimos la concepción de infancia con que abordamos a los niños y niñas, por lo que encarar este tipo de temáticas con las y los más pequeños resulta un verdadero desafío: implica revisar representaciones sociales sobre cómo se concibe a las infancias, acerca de cómo construir con ellos y ellas la concepción de niñas y niños sujetos de derechos.

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