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Noticias · 16 de agosto de 2019

“Gracias a las Abuelas estoy acá”

  • Fuente: Abuelas
  • Autor: Abuelas

El nieto Guillermo Amarilla Molfino, su hermano Mauricio y su tía Susana Hedman declararon en el juicio Contraofensiva montonera.

Un nuevo capítulo sobre la persecución y represión sufrida por la familia Amarilla Molfino durante la última dictadura cívico-militar se conoció en la decimosexta audiencia del juicio de lesa humanidad conocido como “Contraofensiva montonera”, que se desarrolla en los Tribunales de San Martín, provincia de Buenos Aires, todos los martes a partir de las 9.

Luego del testimonio de Mabel Quiroga sobre la desaparición de su hermano Jorge Osvaldo Quiroga en septiembre de 1979, declaró Marcela Susana Hedman, compañera de Rubén Amarilla, el menor de los 11 hermanos de la familia Amarilla Molfino. Susana fue la única que logró escapar de los secuestros del 17 de octubre de 1979. Rubén, Susana y sus dos hijos, Mariano y Valeria, vivían en una casa en la localidad de San Antonio de Padua junto con Guillermo –el décimo de los hermanos Amarilla– y su compañera Marcela Molfino con sus tres hijos, Mauricio, Joaquín e Ignacio.

El día que secuestraron a Rubén, a Marcela y a los cinco chicos, Guillermo había salido temprano porque tenía una cita de militancia, antes debía enviar una carta a su suegra “Mimí” –Noemí Esther Gianetti de Molfino–, que se encontraba en España y que luego también sería secuestrada y desaparecida. Ya entrada la tarde, Susana y Marcela comenzaron a preocuparse, eran las siete de la tarde y Guillermo había prometido volver a las cinco. La carta a Mimí llegó a destino, pero Guillermo nunca volvió.

Un dato que con el tiempo cobró sentido es que hacía dos días que las calles aledañas a la casa estaban cortadas por trabajos municipales, “había obreros que hacían que trabajaban”, describió Susana. Los estaban vigilando. Esa tarde, los chicos estaban jugando, mientras Rubén hacía tareas de jardinería. Fueron Mauricio y Mariano quienes avisaron a los adultos que había hombres con armas largas y cortas a metros de la casa. Susana recordó: “Rubén me dice rajá. Corrí directo al muro del fondo donde teníamos una pila de escombros para saltar". Y evocó la escena: “Lo último que veo es a mi cuñada yendo para adelante con Joaquín de la mano”.

Mauricio Amarilla terminó de reconstruir los secuestros con su testimonio. El 17 de octubre de 1979 sólo tenía cinco años, pero asegura que el hecho de vivir en una familia en la que se habló siempre de lo que les pasaba le ayudó a mantener vivos los recuerdos. Contó que esa mañana vio a su papá vestido inusualmente de traje, “quizá por eso me acuerdo lo que tenía puesto”, dijo. De lo que tiene certezas es que ese fue el último día que lo vio. Mauricio contó que estaba con Mariano jugando a los caballitos, cuando observó un colectivo y varios pies detrás: “Tío detrás de ese colectivo hay mucha gente”, recuerda que le dijo a Rubén. “Salgo corriendo y le aviso a mi mamá y a mi tía. Cuando vamos para el frente, los tipos nos levantan a Joaquín a Mariano y a mí y nos meten en un Renault 4”.

Mauricio pudo ver desde el auto cómo golpeaban a su tío y a su mamá: “Le arrancaron de los brazos a Ignacio y a él lo subieron a un auto que estaba enfrente al nuestro”. Allí se supone que también metieron a Valeria que, como Ignacio, era un bebé. A los pocos minutos trasladaron a los tres niños mayores no muy lejos, a una casa, donde parecía que los estaban esperando: “Parecía preparada para nosotros, con una merienda”. Susana supo de sus hijos y sus sobrinos dos semanas después. Luego de escapar del operativo, se refugió por tres horas en lo de unos vecinos. Cuando logró salir, se escondió en una iglesia. Desde allí mandó un telegrama a sus padres para que fueran a buscar a los niños. “Les pedí que los buscaran en los Aromos 250, de San Antonio de Padua, porque ellos no sabían dónde estábamos viviendo”. Los padres de Susana fueron a la casa, pero lo único que encontraron fue una mesa vieja apolillada. Los vecinos les contaron que al día siguiente del operativo llegó un camión de mudanzas, que se llevó toda lo que había en la casa. Los niños tampoco estaban.

Susana cuenta que la misma iglesia le consiguió un trabajo en una casa de una pareja, en el barrio de Belgrano. “Ahí yo tenía contacto con un familiar Amarilla, que sabía dónde yo estaba”. Era Juan Carlos Amarilla, que estaba viviendo por entonces en Merlo, provincia de Buenos Aires. Días más tarde, según reconstruyó Susana, Juan Carlos la llamó y le dijo: “Llegaron los cinco paquetitos al Chaco”. Así ella supo que los chicos estaban bien y con su familia. En ese momento pensó que la entrega de sus hijos podría ser una trampa para atraparla. Susana decidió irse del país. “Mis padres me cruzan a Brasil, vamos a la casa de un amigo de mis padres que vivía en un pueblito, y ahí leyendo el diario me entero que había ciudadanos argentinos y chilenos que habían ido al consulado a pedir asilo”. Entonces viajó a Río de Janeiro y se puso en contacto con ACNUR, que finalmente le consiguió la opción a Suecia. “En marzo llego a Suecia”, pero tuvo que esperar un año y medio para reunirse con sus hijos.

Mauricio, Joaquín e Ignacio y sus dos primos fueron recibidos por varios familiares en Chaco. Recién con la llegada de Juan Carlos, el tío con el que Rubén y Guillermo mantenían más contacto, fueron a vivir los tres juntos. “El 2 de noviembre del 79 fue el día que nos reencontramos con mi familia después de estar detenidos”. Mauricio se refiere a los 15 días que estuvieron secuestrados en una casona que supone estaba en Merlo, porque desde allí un día los llevaron a la casa de Juan Carlos Amarilla, quizá para entregarlos, pero no lo encontraron. “El 2 de noviembre nos llevan a un avión militar, nos suben a los cinco y nos trasladan hasta Chaco. Nos suben a un auto y nos llevan hasta lo de la tía ‘Negra’ que ya está fallecida”, relató Mauricio. Remarcó el valor de esa fecha: ese día él, sus hermanos y primos volvieron con su familia, y un 2 de noviembre, pero de 2009, se encontraron con Guillermo, el hermano menor, de quien supieron de su existencia gracias al testimonio de una sobreviviente que hizo posible su restitución.

Guillermo Amarilla Molfino fue el último en declarar. Dijo que en el documento aún conserva el nombre de pila que le pusieron sus apropiadores “Martín”, pero que él es Guillermo Amarilla Molfino, como decidió llamarse luego de acomodar las piezas de su identidad. La fiscal quiso saber cómo había reconstruido su historia familiar y personal, y Guillermo arrancó por los agradecimientos: “En primer lugar fue gracias al trabajo de Abuelas de Plaza de Mayo, que hicieron posible que yo pueda estar acá sentado”, resumió. Luego con la ayuda de su libreta narró la biografía de sus familias Amarilla y Molfino, para explicar al tribunal, pero también para entender él, el porqué de la opción militante de sus padres. Todo lo pudo conocer luego de su restitución, que trajo certezas a su vida, pero también a la de su familia que desconocía, no sólo que Marcela había tenido un cuarto hijo en cautiverio, sino qué había pasado con ella y con Guillermo padre.

“La duda fue resultado de los silencios y de las mentiras”, resumió el nieto restituido en 2009 sobre el inicio de su búsqueda. “Tuve un acercamiento al tema por el trabajo de difusión de Abuelas y pude poner forma a esas preguntas desordenadas”, prosiguió. Destaca así la labor de Abuelas y agradece una vez más: “pude ir a golpear una puerta”. Su historia es conocida porque en un principio no incluyó con ninguna familia de las que integran el banco Nacional de Datos Genéticos. Es que los Amarilla Molfino desconocían que Marcela estaba embarazada. Fue el testimonio de una sobreviviente el que permitió saber que Marcela Molfino había estado detenida embarazada en Campo de Mayo.

“Ana María Ávalos cuenta que una compañera de cautiverio le comenta que “Santillán” –cabo segundo José Mario Santillán reconocido como represor del grupo de tareas de Campo de Mayo– le dijo que no iban a permitir más que las parejas estén juntas en las celdas, por lo que pasó con Amarilla Molfino”, contó Guillermo en su testimonio, para dar cuenta de que su gestación podría haber ocurrido en el mismo centro clandestino. Su partida de nacimiento también confirmó la estadía de sus padres en ese centro clandestino. “Dice que nací en Campo de Mayo, es increíble la impunidad de esta gente, porque podrían haber puesto que nací en el Hospital de Campo de Mayo, pero no, dice en Campo de Mayo”, reflexionó.

El apropiador de Guillermo falleció cuando él tenía 14 años, tiempo suficiente para dejar la marca de la violencia simbólica que ejercía. “Me llevaba al edificio Libertador, a mí no me gustaba, todo muy armado”, recordó y también mostró al tribunal fotos de su apropiador y compañeros de las fuerzas. “Él era del servicio de inteligencia del Ejército”, detalló. “Acá tengo fotos de los buenos y de los malos”, el tribunal le pidió que identificara a los malos para incorporar a la causa. Los buenos son su familia. Fotos como las que colgaban en el pecho la “tía Susi”, su hermano Mauricio y él mismo, allí frente a los jueces. “Yo vivía enojado con la vida, como vivían ellos”, dijo sobre su época de apropiado. “No conocía esto, ahora vivo enamorado de la vida a pesar del dolor”, sentenció. Y pidió al tribunal que el juicio sirva para conseguir justicia, pero también para devolver vidas a la verdad, como la suya.

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