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Noticias · 15 de junio de 2021

“Es una historia triste, que alguien decida por vos y te ponga en otro lugar”

  • Fuente: Abuelas
  • Autor: Abuelas

“Me cuesta mucho estar acá, hablar de todo esto, es una historia de mucho dolor”, dijo Valeria Gutiérrez Acuña, nieta restituida por Abuelas en 2014, en el juicio por los delitos de lesa humanidad cometidos en Pozo de Banfield, Pozo de Quilmes y Brigada de Lanús.

 

“Mi mamá, Liliana Isabel Acuña, estudiaba Agronomía. Mi papá, Oscar Rómulo Gutiérrez, era sociólogo y estudiaba Economía. Tenían ilusiones, militaban en los barrios ayudando a quienes más lo necesitaban –ella dando clases particulares–, apostaban a un proyecto de vida”.

“Se habían casado hacía poco, él se había recibido el año anterior, conservo muchas cartas que ellos se escribían y por eso sé cuánto me deseaban. Habían elegido un bonito barrio para vivir, tenían todo programado para su futuro y el mío, había una escuela cerca para mí…”.

La madrugada del 26 de agosto de 1976, cinco autos, con personal de civil y armas largas, llegaron a su casa en la localidad bonaerense de San Justo y la pareja fue secuestrada, ella embarazada de cinco meses. Por sobrevivientes, se pudo reconstruir el itinerario de ambos.

Primero pasaron por el Centro de Operaciones Tácticas I (COTI) de Martínez, la Comisaría 4ta de San Isidro y el Arsenal Esteban de Luca, y después Liliana estuvo en la Brigada Femenina de San Martín, en el Regimiento de Mercedes y en el centro clandestino Pozo de Banfield.

Allí dio a luz en diciembre del 76 y allí su niña fue apropiada por el represor Rubén Fernández. Mientras, las familias Acuña y Gutiérrez buscaban intensamente a la pareja. Vilma Sesarego de Gutiérrez, abuela paterna, fue una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo.

“Me estuvo buscando desde el principio y me dio mucho dolor no poder encontrarme con ella”, afirmó Valeria, ya que Vilma murió antes de su restitución. “Pero encontré tíos, primos, una familia que me contiene día a día en esto de tanto sufrimiento que es difícil llevarlo”.

Cuando su madre estaba secuestrada en la Comisaría 4ta de San Isidro, un policía se ofreció a llamar a su familia y a las de otros detenidos para avisar que ellos estaban allí. “A fin de noviembre, a mi mamá ya la habían trasladado con un embarazo avanzado”, contó Valeria.

Recién a los 33 años, Valeria supo que no era hija biológica de quienes la habían criado. Se lo dijo una prima y su apropiadora se lo confirmó. En ese momento también se enteró que su hermano mayor tampoco. “Yo sabía que había estado en tratamiento para quedar embarazada”.

Y le relata que un policía de apellido Benítez, compañero de fuerza de su marido –que sabía que estaban buscando hijos–, los llamó para decirles que su empleada doméstica había tenido un bebé, pero que no lo quería, y entonces se lo quedaron y lo anotaron como hijo propio.

Y que posteriormente, el 30 de diciembre de 1976, les informaron que habían encontrado un bebé abandonado en una ruta, por si querían otro. “Ahí llego a la casa de quienes me criaron. Estaba inscripta como nacida el 31 de diciembre. Todavía tenía el cortón recién cortado”.

“Era muy chiquita, llegué en malas condiciones, envuelta en un trapo sucio”, contó Valeria. “Mi vida fue normal. Estoy agradecida. Pero me duele que no conocí a mis abuelos. Ellos podían criarme. Es una historia triste, que alguien decida por vos y te ponga en otro lugar”.

Cuando se enteró que no era hija biológica, empezó a hacer terapia para buscar la verdad, y el 31 de octubre de 2013 llegó a #Abuelas. “Quería saber qué había ocurrido con mis padres y sabía que había posibilidades de ser hija de desaparecidos. Me analizan y doy positivo”.

Su hermano de crianza también se analizó, pero hasta hoy no se sabe nada de sus padres. “Yo por suerte encontré”, dijo Valeria, a pesar que su familia, como otras, fue diezmada por la dictadura, ya que su tía Elba Gutiérrez y su marido Hugo Sáenz también son desaparecidos.

Como a tantas víctimas del terrorismo de Estado, a Valeria le duele el negacionismo: “Y me duele muchísimo cuando hay un gobierno que niega los desaparecidos. Los desaparecidos fueron personas que tenían sentimientos, sueños, proyectos, que querían una sociedad más justa”.

“Me gustaría que, así como en Alemania se pena a quienes niegan el Holocausto, en Argentina también haya una ley para no negar que esto pasó y aceptar que es así”, sostuvo Valeria, quien durante su testimonio logró “darle voz” –como ella quería– a sus padres desaparecidos.

“A ellos que los silenciaron”, remarcó. El juicio incluye los casos de 442 víctimas, entre ellas Valeria y sus padres. Etchecolatz y Miguel “El Nazi” Wolk son 2 de los 18 imputados. Las audiencias se realizan todos los martes desde las 9 y podés seguirlas en youtube.com/laretaguardia.    
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